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domingo, 20 de abril de 2014

entre el me moiro y el ti ammazzo

En mi familia la muerte siempre, pero siempre, fue considerada una tragedia. No importa que alguien se hubiese muerto de viejo, de muerte natural, o joven por alguna enfermedad o accidente (situaciones por las que mis padres ya habían pasado con varios seres queridos) siempre la reacción ante la muerte fue trágica. Debía tener 3 o 4 años cuando, una noche, mis padres me despertaron para avisarme que se había muerto la tía María. Dos o tres veces en mi vida habré visto a la tía María (que en realidad era hermana de mi abuela parterna y tía de mi papá) antes de ese día, pero la presencia, inusual en casa, de mi tío Pichón (hermano de mamá) y de mi tía Luisa (su esposa), con la función preestablecida de quedarse a cuidarnos, me hizo comprender que algo fuera de lo habitual en la vida cotidiana había pasado. No era nada común que se nos despertara a los chicos una vez entrados en sueños. Salvo muchos años más tarde, aquella noche en que mi papá me despertó para ensartarme un chirlo por haber escrito en las paredes recién pintadas. Sacando ese ejemplo, había que tener un motivo de peso para despertar a los críos de la casa y la muerte de la tía María dejó al menos en evidencia el hecho de ser uno de esos motivos. Durante los días posteriores la vida parecía continuar normalmente para todos, y así lo tomé hasta que descubrí en el rostro de mi papá una tristeza profunda que nunca le había visto. Creo que fue por eso que registré que había sucedido algo irremediable. Y me parece que eso fue lo que, queriendo o no, se me trasmitió en ese momento. Que la muerte, ya sea inesperada o no, era trágica porque era irremediable. Me recuerdo en el fondo de mi casa, especulando qué pasaría si yo me muriera o se muriera alguien de mi familia cercana (mis padres y mis dos hermanos). Convencida como estaba entonces de que había un cielo donde todos iríamos a parar a menos que fuéramos malas personas, y segura como también estaba de que ninguna de las personas de las que no me quería separar a los cuatro años porque constituían toda mi vida, eran buenas personas, lo más trágico de la muerte me parecía que era la espera hasta volver a encontrarme con esta gente en el cielo. Concluí que lo único que tenía que hacer en la vida era esperar y dejar que pasara porque, más tarde o más temprano, volveríamos todos a estar juntos en el cielo. En estas elucubraciones andaría cuando un día, sentada llorando en el cordón de la vereda de mi casa, me encontró una vecina que venía con las bolsas de hacer las compras. – ¿Qué te pasa, porqué llorás? –me preguntó preocupada porque en la Ciudad Evita de mi infancia, los vecinos de la cuadra eran la otra familia. – Se murió la tía María –contesté como si eso, y no la conciencia de la posibilidad de la propia muerte, fuera toda la respuesta para ese llanto. Entonces la vecina me invitó a su casa, me lavó la cara, me dió una galletita con miel y arruinó todo el consuelo con la siguiente indicación: – Bueno pero no llores, porque si llorás y Dios te llega a ver se enoja. – ¿Y si me encierro a llorar en la despensa? –quise negociar. – No importa donde te escondas, Dios siempre te ve. Ese consuelo terminó por hundirme en la desesperanza y me llenó aún más de miedo. Si al demostrar mi pena por algo enojaba a Dios ya no era tan seguro que al final de esta rueda termináramos estando todos juntos. Entonces decidí que lo único que podía hacer en la vida para asegurarme el cielo era ser feliz y eso, a los 4 años, se veía tan sencillo. Yo me crié entre el me moiro y el ti ammazzo. Hija de yiddishe mame y de típico padre tano, aunque ambos fueron hijos de inmigrantes nacidos en Argentina, conservaron con devoción el uso abusivo de la imagen mortuoria a la hora de la educación de los hijos. Ellos ya habían tenido lo suyo con los propios padres de modo que no teníamos ni el más mínimo derecho a esperar que esa descendencia nos saliera gratis. El estilo culpogeno materno tenía al menos tres registros: El consabido "Vos anda, divertite y no te preocupes por mí que acá me quedo sola y abandonada", era el más suave. En la otra punta estaba el me moiro in extremis. Solía suceder a descubrimientos no deseados. Los motivos podían ir desde recibir la noticia que mi padre tenía que viajar al Congo Belga por trabajo y ella se iba a quedar sola, absolutamente sola, con nosotros; o terminar por enterarse de algo que no hubiese querido saber, como que su hija era sexualmente activa sin haberse casado todavía. Era en esos casos cuando, la reacción desmedida, la caída inmediata en el pozo de su angustia. evidenciaba una falta de espontaneidad poco seria. En el preciso instante en que su cara comenzaba a transfigurarse por la noticia, sus ojos comenzaban a buscar un lugar en el piso, un rincón apropiado donde caerse a "morir". No era que caía ahí, automáticamente en el sitio donde la noticia la encontrara. Para remitirse a los ejemplos dados, la vez que supo del viaje de trabajo de mi papá se tiró a llorar en un rincón del baño, diciendo "me muero, me muero, me quiero morir" como esperando el milagro de que la Parca pasara por allí, la viera así tirada y tuviese la piedad de llevársela. En el segundo ejemplo fue ella misma quien buscó encontrarse con la noticia y lo logró por más que la noticia intentó esquivarla a ella. Como buena idishe mame cumplía a rajatablas con la responsabilidad de contabilizar y controlar cada una de las reglas de sus hijas, esas que ella pretendía célibes desde que nos hicimos señoritas. – ¿Qué pasa que todavía no te vino el asunto?– me persiguió una vez que un desarreglo hormonal hizo que mi asunto se ausentara durante un par de meses. – ¿No tendrías que ir a un médico?– terminó proponiendo. – Ya fui, me mandó a hacer un estudio. – respondí finalmente. – ¿Un estudio para qué?– insistió y como semejante porfía me hizo entender que realmente quería saber le respondí. – Para saber si estoy embarazada. – Fue en el momento exacto que terminé de pronunciar la última palabra que la incertidumbre en su mirada me dio a entender que no, que no quería saber, que me estaba pidiendo, casi suplicando que le mintiera. Pero era tarde. Esta vez eligió el piso de la despensa de nuestra casa de Ciudad Evita para tirarse a llorar y esperar que la muerte viniera a rescatarla. Cosa que tampoco sucedió aquella vez. Años después, cuando recibimos la noticia del casamiento de una amiga que durante casi todo su noviazgo nos utilizó de excusa para pasar las noches con su novio mientras su madre pensaba que ella estaba en la casa de sus amigas del conurbano que no tenía teléfono (aunque tenía), mi madre expresó con evidente nostalgia de algo nunca vivido, su envidia. –Qué suerte que tiene la madre de fulanita– fulanita era nuestra amiga –, que la hija se casó de blanco como corresponde. – Pero mamá –protestamos mi hermana y yo– si vos sabés que fulanita le mintió a la madre. – Y, pero ella nunca supo y yo como ella hubiera preferido no saber. Creo que cabe aclarar en este punto que ella y mi padre, que se conocieron paseando por la calle y noviaron durante ocho años a escondidas, dado que podía suponer perfectamente el escándalo que la esperaba en su hogar, no practicante pero tradicionalmente judío, cuando se enteraran de que había elegido a un goy. – Traidora! Perra! Te vendiste! Ya no sos más mi hija! –fueron los gritos de mis abuelos moishes un año y medio antes de que terminaran casados (por iglesia y a escondidas) y viviendo un buen tiempo en la casa de mi Buba. El tercer registro del emocional y culpogeno castigo materno era el más pesado, aunque resulte difícil de creer. Cuando no era una situación que la sorprendía en forma desagradable, sino que la descepcionaba y enojaba, bajaba la cortina y, tal como ella lo definía, nos "mataba con la indiferencia". Eso, el silencio, el sentir que para ella ya no existías, era más pesado que todos las otras histriónicas reacciones. Pasando al estilo tano paterno. Los berrinches de mi viejo se zanjaban a los gritos pelados, con los ojos salidos de las órbitas, las palabras altisonantes pronunciadas entre los dientes apretados y las adjetivaciones más condenatorias durante una persecución que amenazaba con ser física culminaba con el hijo transgresor fugado hacia un sitio seguro y mi viejo "mortificado", como decía mi mamá, por las injurias que había pronunciado y por la pelea misma que nunca llegaba siquiera al cachetazo. La historia de mi padre con el tema de la muerte se zanjó y selló en su adolescencia. Ver esas reacciones desmedidas de enojo paterno me hizo suponer después cuántas veces habrá sido él mismo un espejo de lo que vivió más tarde. De la misma manera que yo con los años después me encontré repitiendo las mismas conductas que tanto detestè de chica en mis padres. La explosión, el me moiro, el te mato con la indiferencia. Las tres formas de expresar enojo y descepción fueron copiadas en mí como con papel de calcar y lamentablemente le apliqué esta combinación letal a mi hijo. Tuvieron que pasar mucho años y muchas cosas para que comprendiera que lamentablemente, eso de copiar lo que más detestamos de nuestros padres parece ser una regla inevitable. Tal vez evitable con análisis, comprención, ponerse en el lugar del otro y mucha terapia, cuando ésta funciona y no compite con la religión en la celebración del sufrimiento (Mona Achache, El encanto del erizo). Esta historia de la vida de mi papá es realmente trágica, tanto que me parece tiñó de tragedia posteriormente cualquier pelea o cualquier muerte venidera. Tenía alrededor de 12 años mi papá cuando tuvo una de esas trifulcas con mi abuela Lucía, su madre, quien lo mandó castigado a dormir la siesta. Cuando mi padre despertó de la misma y salió de su cuarto, encontró muerta a su madre en el piso. La historia familiar no precisa bien cuál fue la enfermedad que se llevó repentinamente a mi abuela. Sí es seguro que no se murió del corazón ni de alguna reacción física producida por un disgusto. Esta certeza no obstante y como es lógico nunca logró tranquilizar a mi papá que, impedido de ahorrarse a sí mismo y a los demás estos verdaderos ataques de furia, caía a posteriori de ellos irremediablemente en la culpa y en la necesidad contradictoria de reconcicilarse con el hijo receptor de tal ataque, sin perder autoridad. Desde esa experiencia, mi padre tomó como lema de vida nunca jamás irse a dormir enojado (de estos enojos específicos descriptos) con nadie. Era entonces, cuando se hacía la noche y todos nos disponíamos a dormir, que mi madre (seguramente enviada por él) se acercaba a nuestra cama con la excusa de arroparnos y le decía a quien se hubiese "peleado" con mi papá "Papá (porque así se llamaban mutuamente, papá y mamá, como si ambos se hubiesen parido), papá está muy mortificado". Era la frase clave que incitaba una conducta: la de levantarse para ir a darle un beso de buenas noches a papá, que compungido y con un fingido enojo mal disimulado estiraba su mejilla para recibir el beso de la reconciliación. Todavía tengo fresca en mi memoria la imagen de mi viejo y de mi hermano, entre quienes se sucedían las más increíbles contiendas, generalmente por nimiedades tales como interrumpir su larga lista de vinilos de tangos dispuestos en el combinado por un inesperado rock de Manal. El comedor de casa solía ser el sitio preferido para el intento de combate. Mi viejo corriendo a mi hermano por alrededor de la mesa, mi hemano sacando las sillas que previamente habían estado prolijamente acomodadas contra la mesa para obstaculizar el avance atemorizante de mi viejo, hasta alcanzar la puerta de calle y salir a esperar en algún lugar seguro que la bronca se diluyera. En estos casos mi madre declinaba la opción de encerrarse en el baño o en la despensa y prefería tirarse a llorar y clamar por la muerte en un rincón a la vista del escenario central del comedor y desde ella pudiera controlar lo que sucedía, como complemento de la escena. La voz de mi viejo y la de mi vieja se cruzaban como en un orgasmo apasionado: - Te mato – Me muero – Te mato – Me muero – Te voy a matar – Me quiero morir… Todo esto, ante nuestra atenta, sorprendida y atemorizada mirada, aunque bien sabíamos que las cosas nunca llegaban a mayores. Cuando mi hermano creció un poco esos gritos se vieron matizados por algún: - Te vas de esta casa – Si él se va yo también me voy, pero nunca pasó de allí. No existía la violencia física en casa, con los estallidos de mi papá –a eso mi mamá le llamaba leche hervida, como para no relacionar aquellas escenas con el sexo- alcanzaba para asustarnos. Pero nunca pasaba de allí. Creo que fue por todo esto que cuando vi Amarcord descubrí que no era cuestión de tanos o judíos, toda esa histriónica puja "educativa" era parte del folclore familiar de muchas familias de las más diversas tradiciones y culturas. (va escena de Amarcord como homenaje a Fellini) Otro de los recursos coercitivos, cuya eficacia siempre radicaba en la culpa, era el remanido "Si se entera tu padre te mata". Después de que mi papá tuvo su primer pre infarto, cada vez que mi vieja (siempre responsable de la conducta de sus hijos ante la mirada paterna) se enteraba de algo que consideraba reprobable, la frase fue reemplazada por "Si se entera tu padre se muere". La Buba Mis abuelos maternos llegaron de Odesa, nunca supe bien escapando de cuál de los procesos políticos, bélicos o revolucionarios de la época. Lo que cuenta la historia es que, a comienzos del siglo pasado, una gitana le pronosticó a mi Buba cuando era una adolescente que se casaría con un hombre bueno, del cual nunca estaría enamorada, que tendría siete hijos, tres de los cuales morirían jóvenes. No sé cuán real es la historia de la gitana y recordemos que entonces no había que ser muy adivina para saber que a las mujeres se las casaba jóvenes, sin mucha posibilidad de elegir dentro de las encerronas religiosas y también que la mortalidad infantil era bastante alta. Lo cierto es que la primera y única hermana de mi mamá, la mayor de los hijos, nació en Odesa. Mi abuelo las dejó a las dos allá para venir a hacer la América. La América que hicieron mis abuelos consistió en un almacén/fiambrería que más temprano que tarde quebró, motivo por el cual ese sector de la familia se empeñaba en asegurar que mis abuelos fueron de los únicos judíos que vinieron a hacer la América y no salieron de pobres. Una vez instalado en estas costas, mi abuelo se trajo a la Buba y a su primogénita, que a la edad de 8 años moriría al incendiarse el disfraz de papel crepé de carnaval con la vela que llevaba en la mano. Años más tarde morirían también su hermanito bebé de sarampión y el tío Enrique, el mayor de los varones y de quien mi mamá, la única nena que quedaba entre los hermanos varones vivos y la menor de todos, era la hermanita regalona. Al tío Enrique se lo llevó una meningitis antes de llegar a los 18 años. Como única hija mujer entre sus hermanos varones, cuando mi abuela enfermó y le pronosticaron un año de vida, la rescataron de la casa de Palermocrespo donde vivía para traerla a terminar sus días en casa. La Buba era una mujer dura, poco expresiva y para nada demostrativa en los afectos. Todo su amor nos entraba por la boca porque nunca olvidaremos sus especialidades culinarias y los caramelos que siempre llenaban sus bolsillos cuando llegábamos a visitarla y quedaban vacíos al despedirnos. Sumamente callada y cargada de gestos "pesados como juicios", describiría Benedetti. Así como yo forjé un estilo combinado de las diversas versiones maternas y paternas de enojos con los hijos, a mi mamá le tocó otro tanto. Era tan evidente la diferencia entre la efusividad de mi papà, que te estrujaba con sus abrazos y sus besos, con las demostraciones distantes y frías de afectos de mi mamá, que me recuerdo varias veces reclamándole: - Mamá, ¿Porqué vos no me das besos como papá? - Es que a mi no me enseñaron. O me enseñaron así. Cuando yo estaba más crecida mi mamá me contaba que mi papà le decía "Qué linda que está Amelia, qué ganas de darle un beso" y mi mamá le contestaba "A los hijos no hay que besarlos porque se malacostumbran". Esas también son cosas que se copian y se llevan a repetición aunque uno las deteste. Me recuerdo también de adolescente, tratando de zafar del tenaz abrazo paterno haciendo fuerza con los coditos, tal como lo hizo conmigo en su momento mi hijo. Pasaron, no un año, sino cuatro desde que la Buba se vino a vivir a casa, los gritos de agonía, el aumento de la morfina y el coma profundo preanunciaron el final. Mi hermano andaría por los 15 o 16 años, mi hermana por los 12 y yo por los 10. Uno de los preceptos familiares era, supuestamente, proteger a los chicos de las pompas fúnebres. Entonces lo primero fue avisar a los hermanos de mi mamá para que se vinieran a esperar la partida de la Buba en Ciudad Evita y mandarme a mí a la casa de mi tía en Castelar, donde fui contenta y convencida de que iba a jugar porque estaría con mi prima de mi edad. Era 24 de mayo, por lo que al día siguiente pasamos por un desayuno temprano y fui con mi tía y mi prima al festejo escolar del 25. Una vez en el acto se supo que había fallecido la madre de una compañerita de mi pirma y, terminado el acto, hacia allí partieron todos los chicos del grado con padres, docentes y yo. Era en una zona carenciada de Castelar. La casita era pequeña y el cajón dominaba casi todo el espacio de la habitación central de la casa donde se había instalado el velorio. Como no conocía a nadie allí, yo salí de la casa y me entretuve durante un buen rato jugando con un perrito que saltaba detrás del alambrado que cerraba a la calle el pasillo pegado a la casa donde se realizaba el velatorio. No sé cuanto tiempo pasó, pero en un momento mi atención se desconcentró de los juegos con el perrito para ver con sorpresa que el grupo con el que había llegado hasta allí, que incluía a mi tía y a mi prima, se había ido y ya estaba como a dos cuadras de distancia. Fue ver ese grupo de gente y salir corriendo con una desesperación que me duraría por meses. Llegué hasta donde estaban todos juntos, caminando hacia una parada de colectivo sin aire, y recién allí mi tía descubrió que me habían dejado olvidada en el velorio (tal como cuenta el personaje de Mi pobre Angelito). Durante muchos meses me atacó la pesadilla de verme en esa casa, olvidada, junto al cajón, preguntándome si me vendrían a buscar o si yo tendría que encontrar a mi familia, ante la mirada intrigada de los integrantes de esa casa a quienes no conocía. Esa misma tarde, mi hermana eludió la guardia pretoriana que mi viejo y los hermanos de mi vieja habìan plantado en la puerta del cuarto donde la Buba se despedía de este mundo, para hurgar entre los tesoros de mi abuela en busca de algún cosmético. La Buba exhalaba el ronquido de la muerte mientras mi hermana, ignorante de lo que ese sonido indicaba, dio con lápiz labial y el frasquito de esmalte rojo con el que la Buba todas las tardes se emperifollaba para sentarse en el porshe de mi casa a ver pasar una o dos persona cada hora. Alicia salió del cuarto para ver que, casi al instante, mis tíos y mi papá comenzaron a entrar y salir con movimientos de alarma, buscar un espejo, comprobar que no hay aliento, avisar a mi madre, darle el espacio necesario para que se arroje sobre el cuerpo de mi abuela gritando ¡Mamá! como si hubiese muerto inesperadamente y sentirse culpable por haberle robado a su abuela los cosméticos en el preciso instante en que se estaba muriendo. Muchos años tuvieron que pasar para llegar a compartir estas historias en nuestras conversaciones de adultas. Supe en esas conversaciones también que esa noche, durmiendo en la casa de junto vecina, Alicia sintió tocar insistentemente el timbre en mi casa con el temor de que fuese mi hermano que habría vuelto vaya a saber de dónde para no encontrar a nadie porque todos los adultos estaban en la Capital velando a mi abuela. Fue también en esas conversaciones que el vaya a saber dónde de mi hermano no era otra cosa que los "Pinitos", una zona boscoza del barrio donde los chicos jugaban a la pelota y los menos chicos como mi hermano se escondían para su debut sexual. La primera salida familiar conjunta, luego de la muerte de la buba, fue a Luján. Con mis diez años cumplidos, en la basílica consideré que ya era lo bastante grandecita como para decidir confesarme por mi cuenta. El cura del confesionario me sacó de mi error. En cuanto preguntó si había tomado la comunión, ante mi respuesta negativa me sugirió comprar unos libritos en la puerta para cumplir ese rito. Yo me había sacado todos dieces en el medio catecismo que llegué a cursar y la palabra venta junto con la palabra religión ya me hacía ruido desde hace tiempo. Bajé las escaleras del fastuoso templo, mirando con desprecio a los fenicios de creencias y ese fue el fin de mi relación con todas las religiones. Como empecé contando, yo me crié entre el me moiro y el ti ammazzo. Tuvo que pasar más de medio siglo para descubrir que es muy dificil salir de la encerrona que provocan el miedo y la culpa. Que en todo caso, si uno logra que el miedo no lo paralice, es más fácil instalarse en la rebeldía para salir del miedo; pero que de la culpa es más jorobado, y en el monopolio religioso de la culpa tanto el me moiro como el ti amazzo andan empatados.  Hasta aquí algunos recuerdos e historias de mis primeros 10 años de vida. Llegué a esa edad con el significado de la palabra angustia ya instalado en el pecho. Llegaba así al final de la década del sesenta y todavía, a nivel personal y a nivel nacional, me faltaba conocer y pasar por lo peor.

martes, 19 de marzo de 2013

entierro minimonologo

(Al borde del descampado cubierto de arbustos altos, de espalda a los arbustos ella vigila intranquila, con movimientos de vaivén como para apurar al tiempo, mira que no venga nadie a izquierda y derecha mientras le habla al esposo, al otro lado de los arbustos) -Está dura, está dura (burlona imita su voz de protesta) ya se que está dura,  hace cuánto que no llueve, tiene que estar seca y dura, pero tenés que cavar. Si Eugenio…yo te aviso si viene alguien pero apurato que van a creer que estamos en algo raro….No sé qué profundo, lo suficiente como para que entre, el algo grande, lo suficiente como para que no la desentierre ningún animal con hambre…. (Deja de vigilar, cesa el vaivén y se intranquiliza más) ¡Claro que está muerta! ¡¿Cómo me preguntás si está muerta (se vuelve hacia los arbustos y mete las manos para abrir un hueco, trata de meter la cabeza, de ver al otro lado y pregunta con voz aterrada) ¿Se movió? ¡Ahhh! (se relaja y vuelve a vigilar) qué susto me diste ¿Cómo me preguntás si está muerta si fuiste vos el que la metió en la bolsa? Vos la viste, yo estoy segura de que estaba muerta ¿Vos no estás seguro no la estaremos enterrado viva no? Pobrecita….Fijate bien Eugenio…No se porqué me das esos sustos y apurate que si viene la policía encima la vas a tener que desenterrar porque se van a creer que estamos enterrando a una persona. No te rías que a mi viejo y a mi hermano les pasó justo en medio de la dictadura, imaginate. Ahora que lo pienso no sé porqué a la chiqui la tuvieron que ir a enterrar a un descampado si teníamos terreno al fondo, no como nosotros que alquilamos un ph....  Dale Eugenio....(Se pone tensa) ¿Ya terminaste?...(se da vuelta y espía otra vez entre los arbustos) ¿La estás tapando? (vuelve a vigilar)  Y es raro porque cuando lo chuparon a mi hermano enterraron los libros en el fondo de casa pero a la chiqui no...¿Falta mucho Eugenio?....¿Ya terminaste, cuánto te falta?...Pisá bien la tierra cuando termines de tapar, que no se note, tirá algunos pastos encima para que tapen (una luz se acerca por la derecha y se altera) Dale Eugenio, terminá de una vez que ahí viene alguien...¿Ya está?? Bueno,, vení que ahí viene la cana.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Fantasías comunicacionales

Fantasías comunicacionales La ilusión de entendernos Las letras articulan palabras, las palabras articulan oraciones, las oraciones articulan frases, las frases articulan lenguajes y los lenguajes articulan estructuras de pensamiento. Desde allí, cada ser con su propia cosmovisión construida desde la infinita particularidad de cada ser, se comunicamos con los otros con la pretensión de comunicarse y de darse a entender mientras procura entender a los otros. Da vértigo de solo pensarlo. Víctor Hugo Morales suele manifestar su envidia por personas “vírgenes” del goce de alguna pieza artística o cinematográfica que él colecciona como favoritas para volver a disfrutar. Como cinéfila entendí esa envidia y en las reiteradas veces que elijo volver a ver una película determinada, hago diferentes lecturas, encuentro distintas cosas o me enfoco en detalles técnicos según el ánimo y los temas que me dominen en cada momento. Esto convierte a un hecho que se supone cerrado una vez terminada la edición, como es una película, en otro múltiple, sujeto a la subjetividad de un mismo espectador y con absoluta independencia de los diferentes niveles de lenguaje que el creador le haya impuesto a su obra. Rancho aparte es una película basada en una obra teatral que nació en los talleres de improvisación teatral de Julio Chávez. Ya desde la cosmovisión nacional, en tiempos muy anteriores al voto no positivo de Julio Cobos, hice una lectura distinta a la que hice después. Esto no cambia el concepto profundo de la obra, pero le da otra perspectiva. La imposibilidad comunicacional de un hermano rencoroso y su sobrina criados en el campo con una hermana de memoria selectiva sobre sus orígenes que los recibe en su departamento de Recoleta, atraviesa el choque de ese encuentro. Son distintos paradigmas, culturas surgidas de experiencias y realidades que muy poco de común tienen entre sí, cosmovisiones desiguales tratando de entenderse. Tres personas con un mismo origen, contemporáneas y habitantes de casi un mismo punto geográfico en el mapa procurando, con mayor o menor empeño entenderse entre sí. Agreguemos a esto la torre de babel de los diferentes idiomas. Hablar otro idioma al natural nos exige un ejercicio parecido al de cambiar un dial en la mente, para situarnos en la forma de construir las frases del otro lenguaje y acomodar nuestros pensamientos a la estructura de ese lenguaje. Sigue dando vértigo pero, por suerte, hay lenguajes universales. Códigos comunes Cuenta una anécdota que al conocer a Charles Chaplin en una reunión de celebridades en Norteamérica, Albert Einstein le confesó su asombro “Todo el mundo lo entiende y lo admira”, entonces Chaplin respondió “Lo suyo es más notable, porque prácticamente nadie lo entiende y sin embargo todo el mundo lo admira”. Tal vez estas dos potencias al encontrarse hayan utilizado un término más preciso y menos generalizador que “todo el mundo” para referirse a la popularidad. Así me llegó la historia y aunque no fuera cierta vale como lección en sí misma. Tal vez en esto último está basada toda la fascinación por la mitología que, por universalizada, es un buen modo de transmitir pensamientos y tradiciones en códigos que terminan por ser comunes a muchas lenguas. Tradición es la ilusión de permanencia dice Woody Allen disfrazado de Harry en su obra, un cineasta que si algo sabe hacer es comunicar. Cuando Woody Allen, en su propia construcción de sí mismo, dice de sus obras que él no hace más que narrar sus tragedias y el público las transforma en comedia, lo que pone de es manifiesto la cuestión de la subjetividad ante un mismo hecho. Comedia es tragedia más tiempo, agrega en Crímenes y pecados y entonces habla de la distancia emotiva necesaria, otro rasgo de la subjetividad. La emoción es un lenguaje universal que también se cuela por el cuerpo, con eso trabajan los actores y resulta un código común que la mayoría de las veces ni siquiera registramos en nosotros mismos. Cuanta mayor inteligencia emocional se tenga para controlar este aspecto, mejor resulta la defensa en una sociedad que hace de la información sobre las personas un arma de valor incalculable. Las emociones se imprimen en el lenguaje corporal y nada resulta más inconsciente ni revelador de nosotros mismos que este lenguaje. En el mundo laboral conocí a un personaje que bajaba la guardia cuando se entregaba al placer de “descuerar” a alguien de la oficina por teléfono. Amparado en lo inaudible de su conversación, colocaba su mano como bocina, cosa curiosa porque sabíamos que él se dedicaba a leer los labios de las conversaciones ajenas, y clavaba con expresión de malicia los ojos en quien era evidente que estaba criticando. La serie Ligth to me se basa en este fenómeno y nuestro personaje hubiese terminado esposado. Una que sepamos todos Ya lo dejó bien establecido Roberto Fontanarrosa: Las palabras que forman el lenguaje están cargadas de ideología. Las palabras que elegimos para expresarnos revelan de una y otra forma la ideología que tenemos. Si escucho a una persona decir “En los hijos hay que invertir porque eso vuelve un como boomerang” arriesgo a suponer que comparto con esa persona el concepto de hijos y de boomerang, pero cuando empiezo a preguntarme a qué se referirá con invertir, ya entiendo que tiene una visión mercantilista de las relaciones y que el resultado de la reproducción está calculado en términos de perdidas y beneficios. Es una lectura subjetiva y con cuantos más elementos y códigos se cuenta aumenta la capacidad de entender. Es cierto que muchas veces un gran acopio de herramientas lingüísticas da como resultado una cierta dificultad a la hora de expresar lo que se piensa, pero del mayor o menor esfuerzo que pongamos en tratar de bajar el concepto de esa idea a un lenguaje que sepamos todos, depende la comunicación con el otro. Llegados a este punto, si esta página tuviera música, uno de los más sublimes lenguajes universales, sería pertinente cerrarla con dos notas bien porteñas, que entendemos aún los más legos en partituras: Sol do.

martes, 11 de septiembre de 2012

En defensa de la meditación y las técnicas de respiración. Con independencia de los ladrones que pretenden erigirse en dueños del negocio

Es un poco triste sambullirse en este tema justo ahora que hay un chanta erigido en líder en la Ciudad de Buenos Aires que tuvo el caradurizmo de patentar técnicas orientales milenarias. Antes de pasar a experiencias propias, me resulta interesante aunque me tilden de ingenua destacar que, si quienes manejan las políticas planetarias no pensaran más que en los beneficios propios, resultaría interesante que la humanidad toda comprendiera que si de la globalización no sacamos la ventaja de rescatar lo mejor de cada cultura no sé qué mejor ventaja se puede encontrar. Esto hablando de las ventajas para la humanidad toda y no para aquellos a quienes ni siquiera les importa si están quemando la casa (léase planeta tierra) pensando en la inmediatez de sus bolsillos y absolutamente desinteresados no solo del futuro de los recursos naturales, que debiéramos aprovechar sin explotar a toda costa y en especial a costa de la misma fuente de estos recursos, sino también de las futuras generaciones. Por otro lado me parece lamentable que se intente ningunear al chanta erigido en líder por su aspecto diferente y no por la doctrina política nefasta que procura promover. Volviendo a la meditación y las técnicas de respiración creo que no se pueden ningunear los efectos y alcances, porque cualquier desprevenido puede ser con estos métodos captado por una secta y convencido de que ha entrado en contacto con la materia de la "divinidad". Con la respiración no solo se puede manejar la presión arterial y otros valores, se puede modificar la percepción de la conciencia y hasta no se si matar a quien intenta asomarse sin alguna precaución. En mi caso es una materia pendiente porque hasta el momento me resultó difícil encontrar un espacio donde se realicen estas prácticas sin que te quieran modificar todo el estilo de vida. Creo que si la meditación, el yoga, etc. te llevan a cambiar el estilo de vida está muy bien; pero si te plantean en cambio el impedimento de la práctica por no cambiar previamente el etilo de vida, encaramos mal la cosa. La primera experiencia constatable la tuve cerca de los 18 años. Estaba en mi cama a con dificultades para dormir y mi hermana me sugirió un ejercicio que había leído en un libro de yoga que trajo mi hermano a casa. Todo se resume a manejar la respiración, proyectar internamente imágenes y desde allí se pueden lograr cosas increíbles. El ejercicio mencionado consistía en previamente respirar profundo, con los años aprendí que es mejor intentar hacerlo con el abdomen y soltar el aire suave y lentamente, sin expulsarlo por la boca sino imaginar que se escapa despacito por el sector que abarca en nuestra cabeza la nariz, orejas y pómulos. En medio de este proceso, y mientras nos relajamos, vamos imaginando que nuestro cuerpo todo es una bolsa de arena que pesa con todas sus moléculas sobre la base que nos sostiene (en el caso que cuento era el colchón de mi cama). Mientras tanto se van reconociendo puntos de tensión o molestia, se envía mentalmente el aire que se aspira hacia esos puntos para relajarlos y, una vez conseguida una relajación sin molestia vamos proyectando la siguiente sensación: no siento los pies, no siento las pantorrillas, no siento las rodillas y así subiendo lentamente. Un lijero cosquilleo debe apoderarse de cada parte que vamos "sintiendo no sentir" si es que lo estamos haciendo bien. Cuando lo realicé, me fue ganando la sensación de que, cada parte que imaginaba no sentir, se convertía en un campo energético que se despegaba de esa parte de mi materia para flotar pocos centímetros por encima de la misma. Así, llegada al pubis y las caderas, mis piernas parecían estar elevadas a 25º desde las ingles hasta los pies y sin embargo seguían reposando en la cama. Así seguí subiendo mentalmente por mi cuerpo, desviándome hacia los brazos y las manos al llegar a los hombros y volviendo a subir. Es preferible usar algo que nos ayude a conservar el calor porque realmente la respiración se va lentificando hasta lo imperceptible y llega un momento en que la materia se hace sentir si pierde mucha temperatura. Lo cierto es que, cuando llegué a decir "no siento la cabe...za" en esos tres puntos suspensivos pude sentir cómo mi ser bioenergético (que cada quien le ponga el nombre que quiera) comenzó a flotar separado de mi cuerpo. En la habitación a oscuras, con la luz de la calle entrando por la ventana a mi izquierda, pude verme subir/flotar hacia el techo de mi pieza mientras la luz de la ventana iba pasando a estar debajo mío, a la izquierda. Entonces recordé todo lo que cuentan de la gente que ha tenido experiencia de salir de su cuerpo o de estar algunos minutos sin vida, me pegué un susto enorme y volví inmediatamente a mi caja corporal. Muchos podrán preguntarme qué había tomado o fumado entonces. Hasta ese momento de mi vida no había experimentado con nada más que algo de tabaco común y el dedito de vino tinto en el vaso lleno de soda con que acompañabamos la comida en casa. Lo cierto es que con el tiempo nunca pude volver a lograr ese resultado con nada de lo que luego intenté. Años más tarde introduje esta técnica fusionada con la de relajación previa a la clase que aprendí en un curso de teatro, sentados en una silla, con la cabeza colgando jugando con unos amigos y muchos se asustaron de lo que sintieron. Uno de ellos me previno "ojo con estas cosas porque tengo un amigo que lo hizo, no pudo volver del todo y quedó paralítico de un brazo" mintió. Habrá quienes quieran llamarlo autosujestión. Llámenlo como quieran pero mi experiencia fue esa. Dos veces más me pasaron cosas parecidas pero ninguna como éstas. Una vez, en una reunión con mi hermana, su pareja y la mía, compartimos un porrito que no parecía estar en muy buen estado. En un momento dado y no recuerdo porqué estallé en carcajadas, de una carcacajada inspirada (es decir respirada para adentro) pasé a un estado de introspección. Fue como si todo mi ser se refugiara en un punto (interno o externo, pero de naturaleza cósmica y escencial), donde pude reconocerme por completo, sentí una paz nunca más experimentada y poco a poco volví con los sentidos al lugar donde estaba. Entonces abrí los ojos, miré a las otras tres personas de mi absoluta confianza que estaban conmigo, y la paz fue reemplazada por la enorme tristeza de comprender que estas personas tan cercanas nunca iban a tener la oportunidad de conocerme tal cual yo era ni yo a ellas. Creo que lo que pude sentir, fue precisamente esa conciencia palpable de que internamente estamos absolutamente solos, contrariamente a lo que imaginamos y a lo que sentí al volver de ese estado, no me produjo angustia sino una inmensa paz. La tercer experiencia fue larga y vengo a descubrir ahora que no fue una sino muchas. Ninguna tan intensa pero sí profundas y curiosas.  Sucedieron durante las clases de técnica de liberación de la voz que realicé con una maestra enoooorme que daba clases en el Teatro General San Martín, Cuando la conocí a Marta Sánchez ya era de esas personas de edad indefinible pero milenarias y a las que todavía les falta mucho tiempo para irse. Ella trabaja con la respiración y de a poco el movimiento bioenergético se iba dando solo. Comenzábamos siempre la clase respirando lentamente y caminando en círculos. Primero con la parte externa de los pies, luego con la interna, luego con los talones y finalmente con la punta delantera de plantas y dedos. Era en ese momento en que nos hacía notar que al ir en puntas de pie el aire no llegaba a la base de los pulmones, y también nos hacía refleccionar sobre lo que sucedía con la respiración de las personas que se pasan todo el día en tacos altos. Después de esa introducción siempre planteaba un ejercicio diferente, cuyo resultado terminaba sorprendiéndonos y culminábamos la clase cantando algo preseleccionado por ella con acompañamiento de piano. Nunca tango porque según aseguraba el tango movilizaba chacras negativos que ella prefería dejar dormidos. Esta fue una de las razones por las que dejé de cursar con ella en lugar de centrarme más en lo que estaba logrando que en lo que quería lograr. Es ahora que lo escribo que descubro el error. No era la sorpresa el objetivo sino lograr el estado para que esa magia -que no es nada más ni nada menos que química, física y mecánica corporal en movimiento- se produjera. Me faltan las palabras para describir lo que nos sucedía durante las clases al grupo. A veces nos hacía soltar todos una nota elegida internamente y sonábamos como un solo sonido, hermoso, armónico y diversamente facetado, el brillo de cada uno sumado en una sola cosa. Otras veces nos hacía musitar desde el escenario del salón donde estudiábamos, a otro alumno colocado detrás de la última fila de butacas y nos escuchábamos y nos entendíamos perfectamente. El resultado cotidiano después de estas clases era que me sentía de maravillas y la gente que me llamaba por teléfono no reconocía mi voz. Marta decía que mi voz natural era un tono más alto y así sonaba después de una clase con ella.. Adquiría relajación y el mejor equilibrio bioenergético y emocional que podía tener en ese momento. Creo que fue por entonces que acuñé la frase "Todos somos la misma combinación de amvalencias interactuando en diverso estado de equilibrio.
Pasado al segundo año, vi que los ejercicios se repetían y habían perdido su efecto sorpresa. Al año siguiente se lo manifesté a Marta y ella me invitó a participar de un nivel más complejo, mayormente conformado por gente de la lírica. El primer día de clase se inició con la caminata y respirada en ronda habitual. Al terminar este precalentamiento dijo "Ahora párense donde estén y busquen una posición cómoda porque van a estar así un largo rato". Obedecí con los ojos cerrados y recuerdo que pensé "me parece que esto es menos entretenido que el nivel anterior". Sin embargo ella aclaró "Abran los ojos porque van a trabajar también con la mirada". Fue en ese momento en que, al subir los párpados, me topé con un lazo de amor que había en una maceta en el balcón frente a mí. Esa imagen me llevó de golpe al patio de la casa de mi abuela, a mi subiendo la escalera caracol que allí había, a mi abuela diciéndole con un gesto y cabeceo a mi mamá "ésta chica", a mi mamá asintiendo, a la imagen de mi sobrina como una extensión de esa relación y del ser de mi abuela (me resulta difícil detallar y explicarlo bien porque todo esto se dio de forma conjunta) y me largué a llorar con una angustia que me duró toda la clase. La profesora aprovechó mi ejemplo para decir "¿Ven porqué estas cosas no pueden ser dirigidas por cualquier persona sin experiencia? No saben qué pueden desatar y si lo pueden controlar". Una mujer de una sabiduría enorme Marta Sánchez. Me detuvo un día que mi voz sonó doble y me mandó al foniatra. Yo bromeé y le propuse seguir como un dúo. Finalmente no fui a ningún foniatra pero ahí descubrí que sin equilibrio tampoco podía seguir porque afectaba al equilibrio grupal. Tenía que trabajar otras cosas.Y no es raro que ahora que inauguro mi desbloqueo con este blog, valga la cacofonía, casi todo lo que me sale escribir tenga que ver con la voz y con la expresión.
Volviendo al tema, hasta aquí mi historia con la aproximación a lo que pueden ser ejercicios de meditación combinados con técnicas de respiración. Nada de lo contado es invento. Lo escribí con la necesidad de poner en claro, ahora que se bastardean tanto estas técnicas y disciplinas milenarias, que les tengo un absoluto respeto y me encantaría dominarlas. Si a alguien le sirve todo esto, mucho mejor.

lunes, 10 de septiembre de 2012

La memoria no almacena lo que has vivido sino las interpretaciones subjetivas de lo que  has vivido. Alejandro Jodorowsky.


Las diversas posiciones ideológicas y culturales, ni hablar de las diferentes cosmovisiones, hace que necesariamente existan las interpretaciones múltiples. Es justamente por estas cuestiones que se dice que la comunicación humana es una ilusión. Pero lo de la subjetividad es más que intesante. En mi caso llegué a descubrir que puedo ver varias veces una misma película y leer cosas diferentes de acuerdo al estado de ánimo, a los temas que me dominen en ese preciso momento y obviamente con el rebote interno que produzca la mayor o menor experiencia en cada etapa de la vida.  Este aporte interno del expectador convierte a ese hecho artístico, que se pretende terminado una vez cerrada la edición, en otro múltiple según las lecturas que un mismo expectador realice en cada etapa de su vida. Aporte que además resulta independiente de los distintos niveles de lectura que el creador del hecho artístico haya impreso en el mismo.

Por amor al arte

La música entró en mi vida por la radio y las reuniones familiares, más tarde por la tele y el tocadiscos llegó unos años después. Desde chica tuve facilidad para aprender de inmediato las canciones que me gustaban. Las cantaba a voz en cuello y si no tenía ninguna vergüenza de quien me pudiera escuchar, mucho menos tenía conciencia de que alguien pudiera juzgarme por lo que escuchaba. La voz fluía limpia y no exagero cuando digo que mi registro alcanzaba a la vilipendiada Gina María Hidalgo, a quien en mi casa tildaban (injustamente, siempre creí) de cantante lírica frustrada. Esta afición hizo que rápidamente, cuando se designó a una maestra para preparar los actos en mi escuela primaria, fuera convocada para formar parte de lo que constituyó un intento de coro. Habremos sido diez los alumnos agrupados inicialmente en un aula desocupada y muy soleada. La maestra trajo varias canciones folclóricas para practicar y durante un buen rato intentó sin suerte sacar de ese grupo algo que sonara armonioso. Con paciencia y entusiasmo, al ver que la cosa no funcionaba, recuerdo que intentó comenzar por el principio y lograr aunque más no sea una escala que sonara bien. No había caso. Entonces hizo callar a todos y me pidió que fuera yo sola desde el do hasta el si para que todos vieran cómo hacerlo. Arranqué con entusiasmo y deleite hasta que, al llegar al sol, algo que no pude precisar en la mirada del resto de mis compañeros no me hizo sentir bien, por lo que rematé con un si en falsete, desentonado y chirriante que lastimó los oídos de todos. Creo que ya entonces tomé la decisión de rehuirle a la competencia entre pares y de ocupar el lugar de ejemplo para nadie. No se si fue por eso, si fue ese mismo año o más tarde, pero lo siguiente que recuerdo es haber elegido una canción que yo conocía bien del repertorio que trajo la maestra. Si no me equivoco era la Canción del adiós que yo tenía bastante escuchada por Horacio Guaraní en la radio. Debía ser cierto que cantaba bien porque en un momento, la maestra me interrumpió y llamó a otras docentes para que escucharan mi interpretación.
Yo cursaba entonces tercer grado, es decir que tenía 8 años cumpliditos y era todo lo pavota que se puede ser a esa edad. Me pusieron a preparar la canción con el único alumno que tocaba el piano en la escuela. No sé si él andaría por séptimo grado pero por su altura era casi seguro. Es más, era tan alto que parecía alumno de escuela secundaria, pero en mi escuela primaria no funcionaba un secundario de modo que no podía tener más que 12 años. Flaco, blanco pálido, tímido al extremo y con todo el aspecto de ser un hijo único muy sobre protegido, controlado y mimado.
Recuerdo claramente que yo estaba en tercer grado porque un día vinieron a buscarme para ensayar al aula de primer piso donde lo cursé. Me llevaron a otra aula vacía, a la vuelta del pasillo, donde ya habían ubicado al piano y el pianista estaba sentado frente al instrumento, dispuesto para la práctica. La maestra nos dejó trabajando, yo me largué a cantar y él tanteaba los acordes buscando los correctos para acompañarme. En algún momento la cosa empezó a sonar bastante bien, el piano y mi voz se fueron fusionando armoniosamente y en un momento todo fue música. Los ojos semicerrados y el alma puesta en las notas que brotaban de mi garganta con fluidez, emocionada al sentirme por primera vez, especialmente acompañada por un piano. Sospecho que andaba por la parte más intensa de la canción, si no me equivoco y fue otro tema dado que la Canción del adiós no me parece muy escolar. Pero si realmente fue esa, debía andar por la parte que dice "Este cariño mío, apasionado y loco, me lo sembré en el alma, para quereeeerte asiiiií...". Tan ensimismada estaba en ese climax musical que no advertí en qué momento fue que el piano dejó de sonar. Sólo se que abrí los ojos al sentir unos labios cerrados en pico sobre los míos, para ver al largo y tímido muchacho, tomándome por los hombros. Ahora puedo imaginar lo que debe haber sido la escena de ese larguirucho sensible que sin dudas no pudo resistir el impulso de besar a ese chichón del suelo canoro que era yo (si hoy no supero el metro cincuenta y cinco, imagino lo diminuto de mi aspecto entonces). Lo cierto es que, muerta del susto, salí corriendo, pegué un portazo, volví a mi curso, entré con un permiso musitado en un hilito de voz y tomé asiento sin decir palabra. La maestra siguió dando clase sin preguntar palabra y habrá dado por sentado que el ensayo había concluido. Nunca dije una palabra respecto de lo que había pasado, ni en la escuela ni en mi casa. Tampoco recuerdo haber hecho otro ensayo ni haber cantado sola sobre el escenario acompañada por este alumno. Así que lo más probable es que él, muerto de  miedo,  haya contado lo que pasó y, ante mi silencio, toda la situación se haya disuelto en la nada. Para mí, el  hecho quedó recluido al olvido por muchos años. Cuando pude recordarlo siendo mayor, imaginé lo mal que la debe haber pasado este chico. Nunca se me ocurrió pensar que tal vez que dejé pasar impune a un proyecto de violador. Si recuerdo con certeza que su actitud no tuvo ni el más mínimo tizne que me permitiera pensar en algo pecaminoso. Hasta me sentí mal por él y creo que por eso no lo denuncié. Fue simplemente un impulso inevitable, motivado por amor al arte.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Es parte de la religion

Ese 5 de septiembre de 1975 todos los jovenes que nos dirigimos al Luna Park fuimos parte de una comunión tácita.
Dos años antes había recibido el golpe de Pinochet saltando sobre el escritorio de mi pupitre de segundo año del secundario, cantando a gritos "Atención, atención, toda la cordillera va a servir de paredón" en lo que supo ser la división de segundo más quilombera del colegio. Así se denominaba entonces a los adolescentes que supuestamente aprovechabamos la excusa política para distraernos de la lección escolar. Yo formaba parte a su vez del grupo más quilombero de ese sector del alumnado. Un grupo conformado por compañeros de diversas inclinaciones políticas pero unidos en ese interés por lo que venía sucediendo más allá de los muros del colegio, más allá de las fronteras, más allá de los libros de estudio. Discutíamos sobre de quién fue la culpa por lo que pasó en Ezeiza, por ejemplo, cada uno convencido de estar en lo cierto pero hermanados en el afecto más allá de las diferencias ideológicas.
Esa primavera y ese verano fui a ver en vivo a Charlie y a Nito en dos lugares: el boliche El Cepo de Ramos Mejía y el Club Argentino de Castelar, donde vivía mi prima y donde me enamoré por primera vez a primera vista.
Al año siguiente, aquella división fue atomizada y repartida en las otras tres divisiones de tercero. La comisión de delegados había sido disuelta y el bullicio entusiasta fue reemplazado por prolijas filas caminando en silencio hacia las aulas.
La cercana muerte de Perón, el crecimiento de las tres A y el advenimiento del golpe militar, más que olfatearse en el aire, ya comenzaba a cortar la respiración.
En cuarto año, ya me encontraba rodeada de compañeros más interesados en la marca de ropa que se ponían para ir a bailar a boliches oscuros, que en la música nacional y los recitales de rock.
Las ruedas de guitarra, el fogón y la comunión adolescente había sido reemplazada por valores más mezquinos, por la segregación al diferente y el prejuicio.
Para mí, que había atravesado toda mi educación formal en esa escuela pública que incluía a clase media menos que más pudiente con chicos que venían de la villa, fue realmente un cambio que no me resultó para nada placentero ni estimulante.
Me crié en Ciudad Evita y siempre el viaje a Capital Federal era toda una aventura.
Por eso la decisión de concurrir al recital despedida de Sui Géneris, banda que formó parte de nuestra vida desde su inicio en 1970, fue de conjunto y familiar. Canción para mi muerte se nos había metido en el tuétano hasta tal punto que mis sobrinas, 6 o 7 años más tarde, pedían "cantá turu turu turu tururu, tía" y tanto mi hermana como yo sabíamos que era ese tema.
Ese viernes 5 de Septiembre, alrededor de las 4 de la tarde, encaramos para la parada del 86 donde nos sorprendió encontrarnos con amigos, vecinos y conocidos de edades y manzanas aledañas esperando el mismo colectivo con la misma meta.
Subimos al bondi donde nos sumamos y se fueron agregando jóvenes que claramente, por la ropa, por la actitud, evidenciábamos ir todos hacia el mismo lugar.
La sensación de formar parte de un mismo acto, de un mismo fervor se instaló desde allí con una magia que creció paulatinamente al bajar en Hipolito Yrigoyen, encarar por Perú, seguir por Florida hacia Corrientes y ver en cada esquina, en cada cuadra, que esa marea humana crecía paso a paso, en un silencio alegre, reconfortante y emocionado por formar parte de una misma ola que confluiría en el Luna Park.
Mi hermano con mi cuñada (bastante embarazada de mi sobrina Florencia y con Ani de algo más que año y medio en brazos) fueron a la platea; mi hermana, mis amigos y yo a la tribuna.
Lo demás es historia conocida. Los paraguas abiertos dentro del estadio. Los coros, las canciones prohibidas. El mítico Botas Locas que en Pequeñas anécdotas de las instituciones fue reemplazado por El tuerto y los ciegos y el fantástico Tango en segunda (a mi no me gusta tu cara y no me gusta tu olor, hay tres o cuatro mamarrachos con los que yo estoy mejor) que en beneficio de la creatividad Charly (entonces Charlie) le dedicó a su productor Jorge Alvarez por censurarle el tema Juan Represión.
Todos los casi 30.000, quienes fuimos a la primera o a la segunda función, salimos flotando de alegría. Seguros de formar parte de una religión que nos acompañaría toda la vida. Nos encontramos a la salida con mi hermano y todavía recuerdo a mi sobrina, levantando la manito y cantándole por sobre el hombro de mi cuñada a la cara de un policía el sonsonete aprendido recientemente en el Luna: "Oooh o oooh o oooh o".
Todavía recuerdo esa sensación de haber sido religados en un sentimiento que nos cobijaría y nos rescataría muchos años más tarde de toda la muerte y el dolor que todavía nos faltaba por vivir.
Ayer Canción para mi muerte sonó varias veces en la radio de casa hasta que pregunté el motivo. "Hoy es el aniversario de Adiós Sui Generis", me respondió mi marido, a quien conocería seis años más tarde pero que aquel día compartimos sin saber la primera función y fuimos echados por Charlie "porque afuera hay mucha gente esperando, loco". Lucas, mi hijo, le preguntó "¿Y vos porqué fuiste si eras fanático de Spinetta y no de Sui Generis?" "Porque había conciencia de que ese día era un recital histórico, de resistencia, ya estaba el avance de la triple A y se veía venir el golpe", respondió.
Y fue así. Anoche envié un mensaje de texto a todos los contactos registrados en mi celular que compartieron aquel recital conmigo: mi hermana Alicia, mi hermano Carlos, mi cuñada Diana, mi sobrina Ani y no le mandé un mensaje a Florencia porque apenas habrá escuchados las vibraciones desde la panza.
 "Feliz día de Adios Sui Generis" fue el texto del mensaje y me parece que, entre tantos días especiales implementados para beneficio del comercio, no estaría mal implementar esta efemérides para el día de la música, la memoria y esa religión que se llama rock.